El sueño intermitente

El calor se encerraba. Aire nuevo entraba por las puertas en cada estación del metro, pero era tanta la cantidad de gente que se movía esa mañana, que el vagón rápidamente se sentía saturado de aire ya muy respirado. Al frente mío y recargado en la puerta estaba un señor calvo leyendo el periódico. Yo estaba sentada junto a la ventana. En esa atmósfera cerraba los ojos. Pasaba sólo un segundo. Abría los ojos. ¿Cuántas estaciones habría dormido? El señor del periódico ya no estaba, en su lugar había una chica de mochila roja con la mirada perdida. Seguro también ella tenía sueño. Seguía sintiéndome somnolienta. Cerraba los ojos. Los abría. Al frente mío y recargado en la puerta estaba el señor calvo leyendo el periódico. ¿Cómo podía leer a esa hora? Hacía calor y era muy temprano. Cerraba los ojos unos segundos. Los abría. El señor del periódico ya no estaba, en su lugar estaba de nuevo la chica de mochila roja con la mirada perdida. ¿Qué hora sería ya? Cerraba los ojos. Otra vez los abría. Al frente mío y recargado en la puerta estaba una vez más el señor calvo del periódico. ¿No estaba ahí parada la chica de mochila roja? Cerraba los ojos unos segundos. De nuevo al abrirlos, el señor calvo del periódico ya no se encontraba, ahora estaba la chica de mochila roja y mirada perdida. Cerraba los ojos. Sabía que era tarde, pero ya no faltaba mucho para llegar. Abría los ojos. Al frente mío y recargado en la puerta estaba el señor calvo leyendo el periódico. Seguro estaba soñando intermitentemente la escena. El metro se paraba. Las puertas se abrían. Fin del trayecto.


Subí las escaleras aún con sueño, cuando me rebasó corriendo la chica de la mochila roja, con la mirada ahora atenta en los escalones.

Llegué contenta a la facultad ese día. Ya sabía a quién de los dos había estado soñando

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